Recuerdo a mi Profesor de Filosofía, don Guido Andrade (locutor de radio), que los miércoles a mediodía nos leía un manual de ‘lecciones de filosofía’, en un pueblo que sólo queda en los relatos de quienes caminan aún por las calles de tierra de la Patagonia chilena. Como en un radioteatro, don Guido, impostaba la voz para leer, como un guión, algunos extractos del Discurso del Método, de Rene Descartes: “el comienzo del invierno me hizo detener en un lugar donde, no encontrando ninguna conversación que me divirtiera y, por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones ni pasiones que me turbaran, permanecía todo el día encerrado solo al lado de la estufa, donde tenía todo el ocio para entretenerme con mis pensamientos.” (Descartes 2004: 81). En los fríos de la Patagonia, no es difícil imaginarse como uno puede guarecerse cerca del fuego y así poder capear el clima de invierno: junto con conseguir abrigo nos sentamos ociosamente a mirar el fuego; y así, de cara al crepitar del fuego, el pensamiento solía dejarse llevar como si tuviera voluntad propia.

Paul Ricoeur (filósofo francés 1913-2005) decía que “El filósofo formado en la escuela de Descartes sabe que las cosas son dudosas, que no son tal como aparecen; pero no duda que la conciencia sea tal como se presenta sí misma. En ella, sentido y conciencia del sentido coinciden. A partir de Marx, Nietzsche y Freud, dudamos de ello. Después de la duda de la cosa, entramos en la duda sobre la conciencia. (…) La categoría fundamental de la conciencia, para los tres, es la relación mostrado-oculto o, si se prefiere, simulado-manifiesto.”(Ricoeur 2008: 139).

En la Patagonia hay un dicho: “El que se apura en la Patagonia, pierde.” Tardé años en comprender la diferencia: aprender a interrogar mi conciencia y descubrir las máscaras en las que se camuflaba ha sido y es un ejercicio permanente y fructífero. Hoy se denomina un ‘estilo de vida consciente’ que es como el hermano espirtual de un ‘estilo de vida sano’. En el fondo, un ‘estilo de vida’ no es más que lo que popularmente denominamos una filosofía de vida. Esto no hace sólo referencia a un hábito, una costumbre o una actividad que regularmente realizamos día a día como si fuera una rutina y que utilizamos retóricamente para justificar nuestras acciones. Una filosofía de vida es una forma de pensar.

Quizá es nuestra forma de pensar una filosofía de vida lo que requiere urgentemente la salud: una salud del pensamiento. ¿Podemos hablar de un pensamiento sano?, no lo sé; mas no por ello debería descuidar la salud del pensamiento.

La salud del pensar es la ética. No es un remedio para adelgazar los kilos de inhumanización de más que se van acumulando entre los pliegues de la memoria, tampoco es una rutina de ejercicios para robustecer la autoconfianza o la tonicidad de la estética comercial. La ética, por sobre todas las cosas es simplemente un diálogo con el pensar, pensar qué, pues mi estilo de vida: el modo como decido vivir humanamente (con todo lo que ello implica). Una vida sana, no es más eso, la posibilidad fundamental de pensar que podemos vivir todos una ‘sana convivencia’.

Para finalizar, me gustaría hacer una asociación a la salud del lenguaje. La Salud del pensamiento está condicionada al cuerpo, a la temporalidad inmediata de la voz, el instante y su finitud. Platón lo llamaba el momento del tiempo de la anamnesis, de la reminiscencia, donde se despierta creativamente la reflexión de sí mismo. Palabras como amor, justicia, salud, son “portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre.” (Platón 277a): las palabras, a veces pareciera que no tuvieran sentido o incluso que tras ellas (como El viajero y su sombra de Nietzsche) viajamos con un pasajero como equipaje. Las palabras, al igual que la pintura aparecen ante nosotros como un juego caprichoso de creatividad: “sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responde con el más altivo de los silencios.” (Platón 275d)

Quizá sea el momento de preguntarme entonces ¿qué es aquello que se dice con las palabras vida sana? En los tiempos de Platón, ellos lo expresaban como epimeleia heautou (‘inquietud de sí mismo’) que es el hecho de ocuparse de sí mismo, Foucault lo comprendía como el “cuidado de sí”. Muy distinta a la prescripción délfica del gnothi seauton (“conócete a ti mismo”)[1], que se asumirá como estandarte sui generis del pensamiento occidental.

El cuidado de sí: la responsabilidad que me obliga mi existencia, se aprende a través de nuestras experiencias. Son estas experiencias las que (como una caja de herramientas) las utilizamos para dar forma a nuestros pensamientos. Recordar las experiencias vividas no basta, es necesario crear a través de ellas una forma de pensar y por tal, una manera de vivir.

No puedo sino despedirme con una última historia:

«Una vez llegó Cura a un río y vio terrones de arcilla. Cavilando, cogió un trozo y empezó a modelarlo. Mientras piensa para sí qué había hecho, se acerca Júpiter. Cura le pide que infunda espíritu al modelado trozo de arcilla. Júpiter se lo concede con gusto. Pero al querer Cura poner su nombre a su obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía de dársele el suyo. Mientras Cura y Júpiter litigaban sobre el nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y pidió que se le pusiera a la obra su nombre, puesto que ella era quien había dado para la misma un trozo de su cuerpo. Los litigantes escogieron por juez a Saturno. Y Saturno les dio la siguiente sentencia evidentemente justa: “Tú, Júpiter, por haber puesto el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haber ofrecido el cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, que mientras viva lo posea Cura. Y en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame ‘homo’, puesto que está hecho de humus (tierra)”» (Heidegger 2006: 218-219)

Bibliografía

 

  • Byung-Chul Han (2010). La sociedad del cansancio. Traducción de Arantzazu Saratxaga Arregi. Herder Editorial, S.L. Barcelona. España.
  • Descartes, Rene (2004). Discurso del Método. 1ª edición. Traducción J. Rovira Armengol. Editorial Losada, S. A. Buenos Aires. Argentina.
  • Esposito, Roberto (2005). Immunitas: protección y negación de la vida. Amorrortu. Buenos Aires. Argentina.
  • Foucault, Michael (2006) La hermenéutica del sujeto. 2ª reimpresión. F.C.E. México.
  • Heidegger, Martín (2006) El Ser y el Tiempo. 6ª reimpresión. Traducción José Gaos. F.C.E. México.
  • Nietzsche, Friedrich (1985) Así hablaba Zaratustra. Editorial EDAF, S. A. Madrid. España.
  • Platón (2007). Fedro, en Diálogos III. RBA Coleccionables S.A. Barcelona. España.
  • Ricoeur, Paul (2008). El conflicto de las interpretaciones. Ensayos sobre hermenéutica. 2ª reimpresión. Traducción Alejandrina Falcón. F.C.E. Buenos Aires. Agentina.
  • Torralba, Frances (2013). Los Maestros de la Sospecha. Marx, Nietzsche, Freud. Traducción Carla Ros. Colección Fragmentos, 22. Fragmenta Editorial, S.L. Barcelona.

Bibliografía electrónica

Agamben, Giorgio Forma-de-vida.

http://revista.estudoshumeanos.com/forma-de-vida-por-giorgio-agamben/

 

[1] Véase a Michael Foucautl en La hermenéutica del sujeto. 2ª reimpresión. F.C.E. México. 2006. Págs. 15-38.

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